Veo, un año más, cómo la primera hoja de mi árbol caía coaccionada por el otoño. Como siempre, lo hago tumbado, dolorido, borracho y con un par de sustancias más en el cuerpo, bajo el que solo está mi banco y por encima, mi ropa y mis cartones de siempre... Bueno de siempre no.
Los mitones que ahora llevo son solo desafortunados sustitutos de aquellos relojes, anillos, que una vez se ciñeron a mis manos. La barba sucia, rala, es solo para ocultar mi boca, que tantas veces habló sobre altos temas, pronunciando decisiones que cambiaban vidas, que solucionaban problemas. Ahora no tengo a nadie con quien compartir mi sentido común y mis pensamientos; es por eso que este musgo blanco ha crecido a su alrededor, como sucede sobre las piedras y las tumbas frias y húmedas.
Dicen que la mayor de las locuras del hombre es hermana de la soledad, pero de entre las personas arrastradas a la calle como yo,no hay ninguna que me entienda, que me hace sentir acompañado.
Quizás sea porque, aunque todos nosotros estamos sumidos en la penumbra de la calle, el frío, el viento y el desprecio, soy el único que esta atrapado en su propia oscuridad.
No es una justificación, ni trato de apenar a nadie, ni siquiera encuentro regocijo en la autocompasión. Aún así, todos nosotros, en cada esquina, en cada banco, en cada portal, somos víctimas; unos de una situación, otros de nosotros mismos.
Yo soy un exclavo del comercio de los vicios, las aromaticas saunas, de las carreras hípicas. No hayo un placer mayor que en la autodestrucción de mi cuerpo, en exóticos viajes en los que el revisor toma una gota de mi vida cada vez, o un vaso o dos si me lleva por un intenso safari.
La hoja ha tocado el suelo; el otoño ha comenzado. Me pongo mi gorro, quizás él pudiera proteger a los demás a mi alrededor de la tormenta en la cabeza de un vivo en descomposición.
El pensar que mi alma incorruptible gozará de eterno gozo junto a Dios sería una idea conciliadora, pero tengo la certeza de que lo unico que dejaré tras de mi una vez mi cuerpo no esté será un charco de alquitrán con un suave olor a nicotina y algo más.
En cualquier caso, yo ya no me limitaría a eso, pues tu sabrás que yo una vez fuí, , que vi caer aquella hoja desde mi banco y que escribí esto con mis manos enmitonadas , semiocultas entre mis cartones y mi gorro gris de lana.
Será entonces cuando, esté donde esté, me sentiré acompañado, pues tú te sumiste en mi oscuridad conmigo, y me observaste, no con los ojos que te permiten ver, sino con los que te permiten transformar estos trazos en ése que soy yo, en lo que siento; esos ojos que no puedes cerrar, que cuando terminen de leer mirarán a un lado y a otro preguntándose y descubriendo por si mismos qué fué de mi.
Eso es algo que tus ojos corrientes no pueden hacer, pero cada vez que vean a alguien cuyo hogar es tan solo la tormenta en su cabeza, quizás tus otros ojos, los que ven más allá, me vean a mí ¿Quién sabe? quizás los ojos en tu cara también lo hagan y, aunque tu no lo sepas, la realidad y la fantasía sean la misma cosa un instante.
Pero, si quieres asegurarte el día que eso ocurra, ahonda en mi mirada; si soy yo, verás mis ojos sumidos en su propia oscuridad.
Transcrito de un papel encontrado en las escaleras del la salida del metro de Gran Vía de Madrid la mañana del pasado miércoles. Algunas palabras pueden no ser así dado que no entendía la letra bien del todo. No sé si las etiquetas de esta entrada están bien puestas en este caso.
domingo, 31 de agosto de 2008
martes, 19 de agosto de 2008
lunes, 18 de agosto de 2008
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